Haruka, una mujer de espíritu indomable y una figura imponente, miraba fijamente al hombre que tenía delante. Takuya, el antiguo tutor de su hija, estaba allí, con los ojos llenos de una mezcla de respeto y… algo más. Le había enseñado a su hija mucho más que conocimientos académicos; le había enseñado sobre los hombres, sobre el deseo. Y ahora, allí estaba, en su casa, recordándole sus propios errores.
“¡Deja de decir ‘mona’ a una señora mayor… ya basta!”, espetó Haruka, con una voz que denotaba irritación y… algo más. Había planeado que el encuentro fuera breve, que se marchara cuanto antes. Pero el destino, al parecer, tenía otros planes.
Antes de que pudiera pestañear, sintió unos brazos fuertes rodearla, atrayéndola hacia atrás contra un pecho duro. Las manos de Takuya, ásperas por la juventud, agarraron sus pechos llenos y voluptuosos, y la dura protuberancia de su pene presionó contra la hendidura de sus nalgas. Su marido, ese hombre infiel, la había dejado hambrienta, con el cuerpo dolorido por el deseo insatisfecho. Y ahora, allí estaba Takuya, un hombre joven y viril, encendiendo en ella un fuego que ya no podía ignorar.
Su cuerpo la traicionó; la humedad ardiente brotó desde lo más profundo de su vientre. Intentó apartarlo, conservar su dignidad, pero fue inútil. Estaba perdida en el momento, en la sensación, en el deseo primigenio y salvaje que la consumía. Esto era más que un simple error; era un ajuste de cuentas, una liberación, un fruto prohibido al que ya no podía resistirse.
